Guerra híbrida en la frontera: Marruecos impone, España obedece

La avalancha de 72.000 personas sobre Ceuta ha evidenciado la eficacia de la estrategia híbrida marroquí y la falta de una respuesta eficaz por parte de España.

La avalancha de 72.000 personas sobre Ceuta ha evidenciado la eficacia de la estrategia híbrida marroquí y la falta de una respuesta eficaz por parte de España.

  • Decenas de personas siguen intentando cruzar la frontera en Ceuta a 31 de julio de 2026 -

Solo dos días después del colapso de la frontera hispano-marroquí de Ceuta, provocado por la invasión de más de 72.000 personas procedentes del reino alauita, los primeros ministros de ambos países partían de vacaciones. El presidente del Gobierno español se dirigía a su tradicional destino estival de La Mareta y el primer ministro marroquí, el magnate Aziz Akhannouch, a la isla de Mallorca. De esa manera se zanjaba políticamente un nuevo incidente de guerra híbrida entre dos vecinos que "disfrutan" de un Tratado de Amistad, Buena Vecindad y Cooperación desde 1991. Sin embargo, apenas cuarenta y ocho horas después de aterrizar en España, el primer ministro marroquí regresó precipitadamente a su país. Según algunos analistas, el monarca alauí habría desaprobado que pasara sus vacaciones en territorio español.

Planear sus vacaciones en España fue posiblemente el único error de cálculo que cometió el máximo responsable del Gobierno marroquí, tras la avalancha de 72.000 de sus compatriotas sobre Ceuta. Probablemente, su subconsciente lo traicionó al pensar que esta agresión de carácter no militar se enmarcaba como una más de la larga lista de incidentes que desde la constitución de Marruecos como reino en 1956 han "adornado" las relaciones hispano-marroquís. Quizá Akhannouch, "vencedor" esta vez del "combate", se confió, pero ahí estaba su rey para recriminárselo. Después de la batalla pueden quedar aún rescoldos sin sofocar y el relato de las partes debe estar exento de errores. No es de recibo que el mundo observara las penurias de sus 50.000 compatriotas durante el asalto y que su primer ministro decidiese pasar sus vacaciones precisamente de forma en un "paraje exclusivo" del territorio del adversario. Por parte española, la situación fue diametralmente opuesta, el "perdedor" se fue de vacaciones y nadie con autoridad para poder hacerlo se lo recriminó. Y es que el relato de la (des)información forma parte inexorable de la guerra híbrida.

Una guerra que no es nueva, aunque sí es la preferida por los Estados en los conflictos de este bien entrado siglo XXI. Sus formas son variadas y se sitúan, dentro del espectro de la guerra, en el extremo más próximo a la paz. Las más habituales son las guerras comerciales, mediante las que un adversario trata de imponer a otro más débil sus aranceles o sanciones económicas. También se han hecho un hueco en la guerra híbrida las agresiones cibernéticas, en las que el factor político y el riesgo humano se minimizan al máximo, y las operaciones de información, en las que los adversarios luchan por imponer su propio relato del conflicto para "ganar los corazones y las mentes" de terceros.

La presión migratoria como arma

Pero también hay algunos Estados que hace muchos años identificaron las dinámicas migratorias como un activo decisivo en sus conflictos con potenciales adversarios. Son aquellos Estados que, por su situación geográfica, constituyen un lugar de tránsito obligado de los flujos migratorios hacia el primer mundo. A ello se suele añadir el hecho de ser también "productor" de población migrante.  El desigual reparto de la riqueza en el propio país tiene "estas cosas" y lleva a una gran parte de sus ciudadanos a buscar desesperadamente una vida mejor fuera de sus fronteras. Ese es el ejemplo de Marruecos. Esa es la principal herramienta de su de guerra híbrida, que utiliza a una gran parte de su población, carente de los mínimos estándares de bienestar social, como fuente inagotable de presión migratoria y principal arma arrojadiza en su particular conflicto híbrido con España por la soberanía de las ciudades de Ceuta y Melilla.

Es parte de una guerra en la que Marruecos y España llevan muchos años enzarzados. Una guerra híbrida en la que el primero utiliza a la población civil migrante como elemento cardinal de empleo masivo y en la que el segundo ha sido incapaz, hasta el momento, de recomponer su estrategia defensiva al respecto. Una guerra híbrida en la que el primero emplea tácticas de "Estado fallido" y el segundo pretende oponerse mediante procedimientos de "Estado democrático". Una guerra híbrida en la que, en definitiva, Marruecos no tiene nada que perder porque nadie le va a pedir cuentas y España ya lo ha perdido todo ante sus socios europeos en términos de credibilidad por su torpe política migratoria.

Influencia internacional y rearme marroquí

Por todo ello, Marruecos sabe que su guerra híbrida es la única estrategia ganadora que posee contra España. Una estrategia que en los últimos años se ha visto catapultada por un extraordinario lobbismo marroquí tanto en España como en muchos países europeos, incluidas las instituciones de la Unión Europea. Un lobbismo que ha captado a lideres europeos antes, durante y después de ejercer responsabilidades políticas y que, en ocasiones, se ha materializado en pingües beneficios que reportan las inversiones en el país. Un lobbismo que también ha propiciado, por ejemplo, que el Pacto Europeo de Migración y Asilo (PEMA) de la UE resulte especialmente beneficioso para Marruecos, al permitirle obtener importantes fondos que, canalizados a través del Instrumento de Vecindad, Desarrollo y Cooperación Internacional (IVDCI), financian la seguridad marroquí con sumas que superaron los 8.100 millones de euros entre 2021 y 2027.

Este ámbito global de influencia marroquí traspasa Europa y beneficia a países que hoy ocupan posiciones de liderazgo en el orden mundial, como Estados Unidos e Israel. Con ellos, Marruecos no solo ha firmado nuevos pactos –como los Acuerdos de Abraham con Israel, auspiciados por EE.UU.– que han supuesto encargos de armamento por miles de millones en los últimos años a esos países, sino que además ha reforzado de forma preferente su relación estratégica. Así, el histórico y masivo proceso de rearme de los últimos años ha convertido al reino alauita en el mayor importador de armas de África tras superar a su irreconciliable rival, Argelia. El desembolso real anual dedicado a defensa ronda el 3,8% de su PIB y llega al 9% si se suman otras partidas de seguridad del Estado. Una proporción que supera con creces el promedio europeo y casi iguala presupuestos netos como el de España.

Con Estados Unidos como principal suministrador de armas –destacan la reciente adquisición de carros de combate M1A1 Abrams, de helicópteros de ataque AH-64 Apache, de lanzacohetes múltiple M142 HIMARS o de 25 cazas F-16 Viper (Block 70), la versión más moderna y disponible de Lockheed Martin–, Marruecos también ha firmado en los últimos años importantes contratos de adquisición y cooperación industrial para el desarrollo de armamento con países como China, Turquía, India o Brasil. Pero lo verdaderamente destacable es la evolución de Israel hasta convertirse en el socio de seguridad más valioso para Marruecos, especialmente en la transferencia de sistemas y equipos cibernéticos y espaciales. En este último ámbito sobresale la adquisición de dos satélites espía de última generación a la empresa estatal Israel Aerospace Industries (IAI), por un valor aproximado de 1.000 millones de dólares.

Reafirmar la soberanía española

Pero Marruecos sabe que la opción militar nunca será la elegida en su conflicto con España. Es consciente que, a pesar de las millonarias inversiones realizadas en la compra de armamentos durante los últimos años, sus Fuerzas Armadas están a años luz de las españolas en términos de cohesión y adiestramiento ante cualquier contingencia de tipo bélico. Los españoles pueden estar seguros de ello. También pueden estarlo de que el conflicto solo se atenuará con una postura firme y decidida que demuestre la posición inflexible de España en el mantenimiento de su soberanía. Más allá de las palabras hacen falta gestos.

Gestos basados en acciones que fomenten de manera decidida la españolidad de esas dos ciudades mediante una mayor presencia institucional del Estado. Las visitas de autoridades de Madrid deben ser frecuentes; no en vano son los únicos territorios en los que el Estado no tiene transferidas las competencias. Los ceutíes y melillenses deben sentir la conexión con la Península con más intensidad que sus inevitables lazos geográficos con el sur. Las Fuerzas Armadas podrían contribuir a ello con la presencia temporal de buques y aeronaves, aunque para ello sería necesario modernizar las infraestructuras navales y aeroportuarias, especialmente en Ceuta. También contribuirían las rotaciones de unidades militares terrestres. ¿Acaso no se realizan en otros escenarios en los que nuestro país no se juega nada en términos de soberanía?

Finalmente, la flagrante anomalía institucional de la sempiterna visita de los reyes de España debe terminar ya. Ceuta y Melilla siguen siendo los únicos enclaves de toda la geografía española que los reyes Felipe VI y Letizia no han pisado durante su reinado. La última visita oficial de un monarca español a estos territorios tuvo lugar en noviembre de 2007, cuando los reyes Juan Carlos I y Sofía realizaron un histórico viaje que provocó fuertes protestas diplomáticas y la llamada a consultas del embajador de Marruecos en Madrid. ¿Es eso aceptable? ¿Es aceptable entre dos países que se jactan de "gozar" de un Tratado de Amistad, Buena Vecindad y Cooperación desde 1991? Algo no encaja en el guion de esta película. Que cada cual saque sus propias conclusiones y asigne los papeles que, de esta manera, juegan España y Marruecos.