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Opinión

El Club de los Derrotados y la Guerra Civil

Psicopolitólogo.

El Club de los Derrotados responde a una metáfora que pretende explicar las causas probables que demostrarían por qué ciertos partidos políticos actuales y sus valores, despliegan ciertas estrategias de acción política en nuestros días. El origen de la metáfora comienza el 1 de Abril de 1939 cuando termina la Guerra Civil Española. Este conflicto se cierra con la derrota total de las fuerzas republicanas, tanto políticas como militares. Los vencedores son el bando nacional, liderado por el general monárquico Francisco Franco, quien después de casi tres años de conflicto, ha derrotado a los aliados de Stalin, con la ayuda de la Alemania nazi y de la Italia fascista, ante la neutralidad calculada y para nada baladí, de las democracias europeas, conocedoras como dijo un político inglés, de que “Como es una guerra entre comunistas y fascistas, mejor no intervenir”. La victoria de Franco fue posible porque no estábamos ante un simple golpe de estado militar, como los republicanos de entonces y ahora, quieren hacernos creer, sino porque estuvieron ante un movimiento cívico y militar.

Las consecuencias inmediatas de esta victoria de Franco se moverían en tres ejes:

  1. La desactivación de una revolución social de tipo soviética, que supondría para los republicanos la frustración de la instauración de una nueva república popular de corte marxista y apoyada por la URSS. Esto se deduce de la intensa y costosa implicación de los comunistas soviéticos en el conflicto, mediante su apoyo militar y político.
  2. La creación de un estado totalitario gobernado con mano férrea por el general Franco, con el apoyo de los movimientos contrarrevolucionarios, los nacionalistas de Falange Española y el apoyo del carlismo. Liberales, conservadores, demócratas cristianos y monárquicos, quedaron en un tercer e incluso cuarto plano.
  3. La iniciación de un ciclo de casi 40 años, el franquismo político, con el consiguiente secuestro de las libertades políticas, pero geopolíticamente alineados con los intereses de EE.UU. y los valores del humanismo cristiano, aunque sin libertades democráticas. El franquismo político se inmolaría con la Transición.

¿Quiénes fueron los vencidos? Esta es la pregunta es más relevante para comprender nuestra metáfora, más incluso, que conocer quiénes fueron los vencedores. Estas serían en nuestra opinión, las formaciones políticas vencidas en 1939 y que constituirían el núcleo básico del Club de los Derrotados, pero que no incluye a todos los partidos republicanos, sino del Frente Popular:

  1. Los socialistas del PSOE (PSC) y los sindicalistas de la UGT.
  2. Los comunistas del PCE (PSUC) y sus filiales políticas y sindicales.
  3. Los comunistas trotskistas del POUM
  4. Los anarquistas de la FAI y los anarcosindicalistas de la CNT.
  5. Los nacionalistas catalanes de ERC y afines
  6. Los nacionalistas vascos del PNV       
  7. Otras formaciones menores la casi todas desaparecidas.

La principal observación a remarcar de este listado es que, la mayoría de las siglas que le componen están hoy plenamente activas en la política española. La consecuencia derivada es que se puede predecir que los componentes de esta lista tienen en común entre sí que al perder la guerra, quedaron frustrados, desarticulados, desconcertados y sobre todo resentidos, ya que la victoria es balsámica pero la derrota, no. Porque, aunque se pretenda hablar de ganadores y perdedores morales, en términos bélicos, estas clasificaciones subjetivas no funcionan. O eres vencedor o eres vencido. Desde un punto de vista psicológico la derrota es un hecho traumático, se disfrace como se disfrace, además de dejar frustrados a los perdedores, destruyó su sueño o misión revolucionaria de instaurar un nuevo régimen que reemplazara a la hasta lo que entonces era una república burguesa. Esta situación produciría en los miembros del club un síndrome que estrecha sus vínculos más aún a todos ellos, el síndrome de la tarea inacabada, también conocido como el Efecto ZeigarniK, (en reconocimiento a la psicóloga rusa que lo identificó). Básicamente viene a decir que, “aquellas tareas que consideramos inacabadas nos generan una tensión psicológica, nos mueven a su conclusión y sus efectos pueden ser perdurables en el tiempo”. Pues bien, al parecer el Club de los Derrotados es además víctima de este síndrome, lo que podría explicar en buena medida sus conductas de hoy, basándonos en su derrota de ayer.

Resultó obvio que su proyecto revolucionario se trastocó con su derrota en 1939 y quedó como tarea pendiente, de ahí su tensión y pasión por desquitarse con los supuestos herederos de los vencedores de ayer, según ellos, los causantes de su trauma: las derechas de hoy. Por eso las califican de ”fascistas” o “fachas”, para dar sentido a su diagnóstico, aunque este aserto no sea correcto.

El impacto de su derrota fue de tal magnitud que incluso hoy se puede percibir a los miembros supervivientes del club cómo buscan resarcirse y si pudieran, rehacer la historia para ganar la guerra civil y concluir su revolución pendiente, lo que les aúna en el fracaso compartido y les aglutina en su camino de futuro en busca de ese resarcimiento imposible. No resulta baladí afirmar que las organizaciones de este club tan especial están relacionadas, conectadas y vinculadas, por una suerte de inconsciente colectivo que gira en torno a su derrota en esta guerra y a una figura, el general que les derrotó. Es imposible pedirles objetividad, neutralidad y racionalidad para analizar esta derrota y sus efectos.

Lo anterior se puede detectar cuando observamos cómo los herederos del club intentan reconstruir la historia, justificar sus responsabilidades, desautorizar a sus adversarios vencedores, recuperar el tiempo perdido abriendo fosas, vengándose de sus adversarios de ayer, eliminando su presencia de los espacios públicos como si no hubiesen existido nunca, y tratar de conseguir así, tardías y sonoras victorias virtuales. No cabe duda: la derrota une. Y todo ello para convertir el Club de los Derrotados en el Club de los Ganadores. Pero esto es ya imposible, hace 80 años que la guerra fratricida terminó, aunque ellos se empeñen en reconstruirla y robarles a los españoles la necesaria y merecida paz y concordia nacional. A esta tensión impulsada por su tarea inacabada de una revolución fallida es lo que llamamos guerracivilismo: prolongar el conflicto de 1936 y retrotraerle a nuestros días para obtener ventajas políticas revanchistas.

Lo curioso es que el listado de los miembros del Club de los Derrotados en su mayoría está aún en vigor hoy, y componen esta asociación inconfesa; se apoyan entre sí parlamentariamente; se erigen en la quinta esencia dela legitimidad democrática y miran de reojo y con desdén, a otras formaciones políticas que no comparten ni sus  ideas, ni su pasado. Pero lo peor es que con el tiempo la venganza por su derrota les lleva a secuestrar y cuestionar la unidad de la nación española, porque este término se considera un valor exclusivo de sus vencedores de 1939. Parece que a este club le uniese un eslogan revanchista: todo nacionalismo es aceptable menos uno, el nacionalismo español, porque este nos derrotó.

En sentido contrario, llama la atención el hecho de que hoy no exista ningún partido “de derechas” de aquellos años ni un Club de los Vencedores de la guerra civil. Sólo queda la FE (Falange Española) y de forma residual, como una formación que vivió el conflicto. Ningún partido de los que apoyaron el movimiento cívico militar de 1936 contra la República existe en nuestros días. No hay hoy ninguna formación política de relevancia, que reivindique dicho pasado y los partidos de “derechas” del siglo XXI se han refundado y estandarizado en internacionales políticas europeas, como el PP, Ciudadanos y recientemente VOX. Tampoco existe un partido nacionalista radical español parlamentario del estilo de los nacionalismos periféricos, como ERC o el PNV. Da la impresión de que el franquismo sirvió de catarsis para no mirar al futuro con organizaciones del pasado. El tibio nacionalismo de VOX, más próximo al patriotismo, no se mueve en los estándares radicales de los nacionalismos periféricos de vascos y catalanes.

En otras palabras, después de la guerra los partidos conservadores, monárquicos o liberales, se extinguieron y emergieron otros nuevos en la Transición, con siglas y proyectos en consonancia con los tiempos. En cambio, los partidos que lucharon contra Franco y fracasaron, prevalecen orgullosos de su legado como si aquella derrota no hubiese suscitado ninguna reflexión profunda, a pesar de las enseñanzas nacionales e internacionales, que los acontecimientos han deparado en las últimas décadas. Sorprende más aún el hecho de que insistan en mantener una tensión guerracivilista cuando sus adversarios políticos no tienen ninguna relación ya con el franquismo. ¿Revanchismo? ¿Resentimiento? ¿Tarea inacabada? ¿Oportunismo político? La cuestión queda simplemente enunciada.

Aunque no existe ningún acto público fundacional que permita visualizar la existencia de este club, ni un acuerdo firmado, ni una declaración conjunta de intenciones, la observación de hechos y acontecimientos, nos conduce a pensar que hay una serie de afinidades y sinergias en la acción, lo suficientemente sólidas, como para aceptar que este club existe en la práctica.

Sus miembros se buscan, se encuentran y pactan entre sí con una evidente complicidad no declarada. Esta confluencia de afinidades no es ajena a la práctica política que hace de sus miembros un grupo de interés común, de origen histórico y que actúa como un punto de encuentro inconfeso. De ahí que la convergencia entre los miembros del club se dará siempre que las circunstancias lo demanden. Lo que nos permite afirmar su presencia como una alianza silenciosa en la lucha política española contra sus antagonistas doctrinales, a saber, conservadores, liberales y otras formaciones afines.

Otro aspecto a considerar sería que el vínculo emocional y doctrinal entre ellos se incrementa proporcionalmente a la antipatía emocional y doctrinal que profesan hacia sus actuales antagonistas políticos. Entre los miembros del club todo es posible, con los externos al club, poco es probable. Las consecuencias prácticas observables que evidencia la existencia de este club se pueden concretar en los siguientes incidentes críticos:

  • Están unidos por el pasado aunque con proyectos doctrinales de futuro, no necesariamente convergentes, pero coincidentes entre sí.
  • Son enemigos comunes de las derechas españolas: liberales, conservadores, demócratas cristianos, y otras formaciones de derechas. Las combaten y tratan de excluir del panorama político, como si estuvieran aún en la guerra civil.
  • La mayoría de los miembros de este club, quizás en menor grado los socialistas, son anti constitucionalistas y plantean desbordar la constitución para lograr la fragmentación de España, a fin de conseguir sus objetivos políticos de independencia y secesión.
  • Se protegen entre sí ante cualquier riesgo percibido, objetiva o subjetivamente, procedente de los grupos que ellos denominan “de derechas”.
  • Cuando discrepan o se enfrentan políticamente, combaten pero no se destruyen.
  • Siempre que pueden, buscan la unidad de acción.
  • Pactarán antes entre sí que con sus adversarios políticos.
  • Comparten una arrogancia, prepotencia superioridad doctrinal injustificada, especialmente cuando se refieren a sus antagonistas doctrinales “de derechas”. Considerando  que éstas no se identifiquen con las victorias del general Franco, ni antes, ni durante, ni después de la guerra.
  • Anhelan con intensidad variable, la llegada de un nuevo periodo constituyente para propiciar un cambio de régimen.

Durante la Transición y hasta el ciclo del socialismo radical de Zapatero, este vínculo era menos tangible y estaba más amortiguado, pero desde principios del siglo XXI la tendencia cambió en el sentido ya descrito.

Por todo lo anterior, hoy es predecible afirmar que los partidos del Club de los Derrotados del siglo XX, pactarán entre ellos, se apoyarán, tendrán acuerdos de complicidad de todo tipo, aunque bordeen los límites institucionales y legales de la Constitución, incluso es posible que puedan desbordarla. ¿La razón? Su tarea inacabada. No importa que estemos en el siglo XXI, entre ellos y por fuer de ese vínculo entre perdedores de hace 80 años, pueden alcanzar todo tipo de acuerdos endogámicos, aunque no sea racional y perjudique a los intereses del Estado o a la unidad nacional. Al Club de los Derrotados le vale todo en su empeño de completar su tarea inacabada, excepto pactar con los partidos de derechas que, en su imaginario, representan a los vencedores de la guerra civil. Y aunque Franco lo hayan exhumado para forzar simbólicamente su desaparición, será imposible borrarle de la historia de España y cambiar la derrota de los miembros del club en 1939.

La amenaza para la estabilidad política del régimen monárquico constitucional es importante y procede de los valores políticos del secesionismo, que los nacionalismos propician y las izquierdas jalean para continuar con su alianza estratégica: Todos contra los “herederos de los vencedores” y sus valores políticos, aunque sean constitucionales. Hay que destacar que durante la Guerra Civil, los miembros del club eran menos concesivos para con las demandas territoriales de los nacionalismos periféricos, pero después de la Transición, las izquierdas en búsqueda de una geometría parlamentaria favorable, fueron poco a poco asumiendo las tesis nacionalistas y secesionistas, hasta absorberlas y estar abiertos a que puedan celebrarse referéndums de secesión legales. Todo ello es consecuencia de los vasos comunicantes que unen a los miembros de este club. Estas posiciones de la izquierda eran impensables en los años treinta y muchos menos, ante la influencia de la URSS, durante el conflicto bélico.

En síntesis, los hechos nos dicen que, consciente o inconscientemente y de forma inconfesable, los miembros de este club siguen en la lógica guerracivilista, porque no han deglutido su derrota en 1939. Perciben al resto de formaciones políticas antagónicas como una continuación del franquismo vencedor y por eso están en pie de guerra doctrinal contra ellos, como en los finales de los años treinta; consideran que hasta que no impongan sus valores derrotados en 1939 la guerra no habrá concluido; si esto no ocurriera, seguirán sin superar su derrota, difícil cuestión, hasta que obtengan una victoria catártica con carácter retroactivo, que les resarza de su fracaso de hace más de 83 años

En línea con lo anterior el 24 de Octubre de 2019, después de áridas disputas jurídicas, el gobierno español presidido por un presidente socialista miembro del club, consiguió exhumar los restos del general Franco de la Basílica del Valle de los Caídos, ofreciendo así al Club de los Derrotados, su primera victoria sobre el general que les derrotó en la Guerra Civil. Una victoria pírrica, si se considera que se logra sobre la momia del general vencedor, 44 años después de su fallecimiento de muerte natural. La cuestión principal es: ¿Qué valor puede darse desde el sentido común y desde un espíritu de concordia nacional a esta victoria? Esta acción seguirá sin cambiar su estatus de derrotados. Tal vez la fuerza del vínculo del inconsciente colectivo que les aglutina tenga la respuesta a esta pregunta, y con el paso del tiempo acabe por extinguir los nexos entre sus miembros, pero mientras tanto, sus valores políticos salen reforzados y seguirán actuando sinérgicamente.

Una evidencia de la existencia de este club está en el hecho de crear unas leyes exclusivas con verdades oficiales para ellos y excluyentes para otros, como lo son las de la Memoria Histórica y la Memoria Democrática. Así pasan del inconsciente colectivo político al consciente colectivo político y jurídico. Lo conclusivo es que los miembros de este club seguirán dando apoyo y cobertura parlamentaria al gobierno socialcomunista cuya factoría legislativa está sembrando España de leyes insensatas, baratijas doctrinales, acordes con sus valores excluyentes al servicio de su proyecto “progresista”, es decir, destruir las tradiciones y valores del pueblo español y debilitar al Estado de Derecho, buscando un cambio de régimen que pocos ciudadanos les han pedido.